Alejandra Pizarnik cumpliría hoy 90 años



Aitor Aguado Martín -

En su libro sobre Lorca, Umbral enuncia las tres condiciones esenciales para que un autor sea considerado maldito, a saber: la preferencia por lo dionisíaco frente a lo apolíneo, la heterodoxia sexual y una muerte precipitada y trágica; tres condiciones, en suma, presentes de una manera indudable en la vida y la obra de Alejandra Pizarnik, quizá uno de los escritores contemporáneos más leídos.

La pequeña Flora –pues tal era su nombre- nació tal día como hoy, 29 de abril, hace noventa años en Avellaneda, Buenos Aires, en el seno de una familia de inmigrantes judíos de origen ruso-polaco. Desde sus años escolares, Alejandra se atrinchera en su timidez, acrecentada por una ligera tartamudez. Paulatinamente, aparecerán pequeñas máculas que harán que cada día se parapete más en sí misma: el asma, el acné o la obsesión por el peso y con ella, el abuso de las anfetaminas, estarán a partir de entonces presentes en su vida.

Es la Pizarnik que todos conocemos superficialmente, aquella jovencita que se interesa por el surrealismo y el psicoanálisis, ambigua sexualmente, solitaria, neurótica, y que en 1955 comienza a escribir su famoso diario literario.

En el diario se pueden hallar dibujos de revólveres y alusiones constantes al suicidio, especialmente en 1971, un año antes de su muerte por la ingesta abusiva de barbitúricos.

No obstante, desde El Joven Tintero, queremos unirnos a sus admiradores en sus homenajes, no con una relación morbosa de la vida de esta escritora heterodoxa, sino con un par de poemas que nos harán recordar el papel tan importante y renovador que desempeña Alejandra Pizarnik en el panorama feraz de las letras hispanoamericanas.

Su poesía, que hasta cierto punto entiende la creación como destrucción, trata con maestría temas como la infancia perdida o la fascinación por la muerte.

El primer poema recogido es La enamorada y pertenece a un primer momento dentro su producción, una etapa más barroca en la adjetivación y más expresiva. En el poema de marras el amado aún es una figura “palpable” y corpórea:

Esta lúgubre manía de vivir

esta recóndita humorada de vivir

te arrastra Alejandra no lo niegues

Hoy te miraste en el espejo

y te fue triste estabas sola

la luz rugía el aire cantaba

pero tu amado no volvió

Enviarás mensajes sonreirás

tremolarás tus manos así volverá

tu amado tan amado

oyes la demente sirena que lo robó

el barco con barbas de espuma

donde murieron las risas

recuerdas el último abrazo

oh nada de angustias

ríe en el pañuelo llora a carcajadas

pero cierra las puertas de tu rostro

para que no digan luego

que aquella mujer enamorada fuiste tú

te remuerden los días

te culpan las noches

te duele la vida tanto tanto

desesperada ¿adónde vas?

desesperada ¡nada más!

Pero en el siguiente poema que recogemos observamos la depuración del texto que llevó a cabo Alejandra con el tiempo. Por aquel entonces, sus versos apenas sobrepasaban los seis versos y disminuye el uso de los adjetivos; el amado es cada vez menos tangible:

Nombrarte

No el poema de tu ausencia,

sólo un dibujo, una grieta en un muro,

algo en el viento, un sabor amargo.

Eran años en los que la muerte se hacía cada vez más acuciante en sus composiciones.

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