'Café Society', lo burgués no quita lo valiente


José Cabrera -

Woody Allen vuelve a reflexionar sobre la condición humana, usando un escenario en el que se mueve a gusto, los años 30, los clubes de jazz y la élite hollywoodiense, con Café Society.


Quienes siguen la carrera del neoyorkino encuentran en esta nueva propuesta muchos de los lugares conocidos a los que el director y escritor acostumbra. Aunque gran parte de la trama transcurre en Hollywood, también está presente Nueva York, su skyline y hasta Central Park. Tampoco faltan el humor ácido y negro y las múltiples parodias judías que esconden debajo un aire crítico, con mayor o menor pretensión por parte del autor. Y es que parte de Café Society es eso, una especie de crítica a la superficialidad, a la cultura del usar y tirar, algo que sus mismos protagonistas remarcan en varias ocasiones. Dentro de esta élite de dudosos valores, envidiosa y hasta criminal, el director no se olvida de incluir no sólo a personalidades del cine, sino políticos, nobles, músicos etc.

Pero alejado de la pretensión por hacer cine social, Woody Allen plantea una historia de magnates del cine, de gánsteres y de un romance imposible. Superando el manido tópico de Romeo y Julieta, Allen enfrenta el amor de los personajes contra sí mismos, preguntándose a qué estamos dispuestos a renunciar socialmente por seguir junto a lo que sentimos como el amor de nuestra vida. Las referencias a Scott Fitzgerald son evidentes, sus protagonistas representan las dos caras de Gatsby y la pregunta de si su amor se ve sometido a tal crueldad por el mundo sórdido en el que viven, o son ellos mismos quienes lo provocan.


Kristen Stewart sobre todo pero también Steve Carell destacan como las dos mejores actuaciones del film, cuyo protagonista y conductor de la historia, Jesse Eisenberg, realiza un trabajo bastante correcto pero poco bastante más predecible. Y resulta imposible pasar por alto al escocés Ken Stott, responsable de la mayoría de los momentos cómicos; y a Anna Camp, que protagoniza una de las más inolvidables secuencias de la cinta.


Y si hay alguien del equipo a quien reconocer ese es Vittorio Storaro. El director de fotografía italiano, responsable de la que para muchos es una de las mejores fotografías del cine, Apocalypse now, hace un regalo al espectador en cada enfoque. Su estudio de colores cálidos en la parte del film que transcurre en Hollywood, asociado al inicio de la pasión entre los personajes acaba siendo otro elemento más sin el que hasta la misma trama se resentiría. En contraste a esto está Nueva York, donde Storaro opta con acierto por la frialdad, con unos grises y marrones que acompañan al desarrollo de los personajes, contrastando con la calidez que vemos al principio, y que sólo recuperará brevemente según circunstancias que mejor no revelaremos. Es fascinante el retrato cromático de Nueva York presente en Café Society, cuya proeza en la carrera de Allen no vemos desde Manhattan, donde el encargado de aquel blanco y negro fue Gordon Willis, el maestro de las sombras que a su vez también trabajó con Coppola en El Padrino.

Café Society está rodada como la mayoría de películas de Woody Allen, con las pretensiones justas para contar una historia, cuya superficie resulta divertida, entrañable y desgarradoramente nostálgica al final. Una superficie en la que si el espectador decide rascar, encontrará crítica, filosofía y mucho cine; y si no, pasará un agradable y buen rato, que tampoco está nada mal.

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