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'Manchester by the Sea': La sutileza del drama


Daniela Barillas -

Hay películas que no son para todo el mundo. Películas que merecen una mirada distinta o, quizás, una apreciación más profunda. Historias llenas de capas, de esas que no son tan fáciles de digerir. A veces, cuando nos entregamos a lo que vemos, podemos ganar muchas cosas, pero hay que estar dispuesto ante tal reto.

Así es Manchester by the Sea (2016). Uno de los mejores films del año pasado. Estuvo nominada a seis Óscar y obtuvo dos: mejor guion original, para Kenneth Lonergan (también director) y mejor actor principal para Casey Affleck.

Es una película que merece madurez, pues toca un tema difícil, aunque de manera sutil. Y esa es la difícil tarea que se propone el director: mostrar, con ligereza, las adyacencias de un profundo dolor, del cual parece no haber salida alguna.


Manchester by the Sea cuenta la historia de Lee Chandler. Es un conserje establecido en Boston que, tras ser informado de la repentina muerte de su hermano Joe, debe volver a su pueblo natal en Manchester, Massachusetts, para asumir los deberes fúnebres y, a su vez, la custodia de su sobrino. Pero esto no se trata solo de la muerte, como podríamos pensar rápidamente.

La historia simboliza una gran pérdida que conlleva otras. Porque no solo es perder a un ser querido, es también la pérdida de un futuro, de una vida, de nuevas oportunidades, de volver a sentir. Es la pérdida de Lee en sí mismo. Es esa torpeza emocional que lo condena. A pesar de que él intenta transmitir cosas, aun así parezca imprudente y agresivo, Lee es un hombre lleno de cariño, muy a pesar de que él no lo vea.

Son esos detalles, su torpeza al comunicarse y la delicadeza de sus expresiones lo que hacen a Lee un personaje con el cual conectar, gracias a la actuación magnífica que nos regala Casey Affleck en esta oportunidad.


Y eso es porque Lee Chandler es mostrado, de buenas a primeras, un hombre despojado de sentimiento alguno. Un muerto en vida, como dirían varios. En la historia lo tildan de maleducado, otros lo consideran raro y casi todos repudian su presencia. El film es un viaje que reta a la empatía por dos hora.

Y es que empatía es la palabra esencial para esta película. Muy pocos parecen ser empáticos con Lee. Todos saben por lo que ha pasado, dicen entenderlo, pero nadie lo hace realmente.

Él sabe que está perdido, y los demás lo saben. Vive inmerso en la culpa. Son muchos niveles de pérdida, cada uno dentro del otro, lleno de tantas capas y profundidad como puede tener el mar. Es la gran paradoja y metáfora de esta película, el mar.

El mar es el propósito que une a la familia. Lee y su hermano solían navegar en su bote familiar, pero ahora, tras la ausencia de Joe Chandler, deben venderlo por su alto costo de mantenimiento. El mar reconcilia a los personajes. Los une de nuevo, luego de tiempo separados.

El barco es una herencia familiar. Es aquello que los hace debatir. También es su legado. Su memoria. Habla de quiénes fueron y quiénes son. Es aquello que tanto atormenta a Lee: no poder eliminar esos recuerdos que le persiguen.


Y es algo irónico que Lee muestre una agradable expresión, aunque sea leve, estando en el mar, cuando acompaña a su sobrino y una de sus novias en el barco, en su reencuentro con el mar. Esas aguas que representan un símbolo tan bello, extenso y abrumador a la vez. Este representa muchas cosas: es belleza, tranquilidad, serenidad, pero también es melancólico y está lleno de pérdidas. Y así es esta película.

Es dura, pero es hermosa. Es triste pero, a su vez, esperanzadora. Porque en toda tristeza, siempre hay una felicidad oculta, invitándonos a encontrarla. Alguna vez alguien dijo que primero debemos experimentar una gran felicidad para sentir tristeza, ya que esta es la más honesta de todas nuestras emociones. Manchester by the Sea sería una bella tristeza, llena de la honestidad que le impregna su puesta en escena.

Una cámara casi fija, que apela al movimiento tanto de sus personajes como de sus emociones, siendo inherentes el uno al otro. Unas actuaciones dotadas de realidad, sutileza, torpeza y de incomunicación.


Un ejemplo claro es la relación con su sobrino, Patrick, quien ha quedado huérfano. Su tío Lee ese es el único familiar cercano que le queda, pues sus otros tíos se han mudado de Estados y no tiene contacto con su madre. Tanto tío y sobrino sienten aprecio el uno por el otro, y suelen llevarse bien, pero la situación los hace toscos, cerrados y torpes, ya que no saben cómo afrontar la repentina inclusión del otro en sus vidas, por más que en el pasado hayan sido cercanos.

La película, sin lugar a dudas, está cuidada en todos sus detalles. Aquí la propia cotidianidad nos mueve y revuelca como una gran ola, sin necesidad de grandes puntos de giro al mejor estilo hollywoodense. El montaje, esencial para crear esa atmósfera de nostalgia en la que nos envuelve la historia, varía entre flashbacks al pasado de Lee, de su familia, en los eventos que más lo han marcado. La narrativa de un hombre que no puede dejar su pasado atrás, aquel tortuoso recuerdo que aún lo persigue.

Reiteradas veces el film nos muestra paisajes de Manchester. Con un tono que pudiese pasar por documentalista, se muestra a la comunidad de forma muy cercana. Tomas del pueblo, de las aves, de las casas durante la noche, en el invierno, el clima en el que se desenvuelve casi toda la película hasta casi al final, cuando por fin llega la primera y con ella llegan nuevas oportunidades y se cierran ciclos, se aclaran los panoramas y consigo trae lo que más necesitamos como humanos: el perdón.

Uno de los personajes más importantes de nuestra historia, como lo fue Martin Luther King, dijo una vez que para amar primero hay que perdonar, y el perdón es lo que nos define como humanos.

Manchester by the Sea termina siendo un retrato honesto, de una humanidad rota que espera ser reconstruida. La humanidad es nuestra gran carencia y mayor virtud. En la cotidianidad, en el arte, en los trabajos. Está presente y ausente. Y no hay nada más humano que perder. Nuestras pérdidas, así como los fracasos, son los que nos definen. Aprendemos más de estos, y los sufrimos en mayor medida, que de los tiempos de victoria y afán

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