Microrrelato: La cara B del circo


Esta es la historia de un niño de 11 años, al cual le encantaban las funciones de circo. Le apasionaba ver a las fieras en su espectáculo, a los trapecistas haciendo acrobacias, y ¡como no! Los payasos… vivía y crecía pensando en convertirse, algún día, en una gran estrella de circo, pues cada vez que observaba al presentador narrando el show, al mago realizando increíbles trucos o a los equilibristas recibiendo estruendosos aplausos, se convencía de que era imposible que hubiera en el mundo nadie más feliz que un artista de circo.

Un día su padre, sabiendo la ilusión que le haría, le sorprendió con unas entradas para ver un nuevo espectáculo, al que acudirían artistas de todos los lugares.

El chico espero entusiasmado que llegara el momento de ir, contando los días que faltaban para vivir ese día tan especial, hasta que por fin llegó . y disfrutó como nunca de el mejor show de circo que había visto en su vida.


Tras el espectáculo el chico quiso bajar a conocer a sus ídolos, y su entusiasmo le hizo perderse por los pasillos, alejado de sus padres, que estarían preocupados por dónde se habría metido. Después de lo le parecieron unas cuantas horas, encontró una puerta con un cartel que ponía “privado” y, al verse sobrepasado por la situación de estar tanto tiempo perdido la atravesó, intentando desesperadamente encontrar un camino de vuelta.

Tras abrir la puerta se encontró en algo parecido a un garaje. Lo primero que oyó fueron gritos, como de varias personas discutiendo. Tras acercarse un poco, pudo ver de qué se trataba; eran los artistas del circo, pero no lucían sonrisas ni vestían ropas llamativas, estaban hechos un asco, algunos de ellos parecían vagabundos incluso, y desde luego no parecían de muy buen humor. El presentador le estaba gritando en otro idioma algo que parecía horrible a una de las equilibristas, y esta lloraba desconsolada mientras muchos otros artistas, magos payasos o domadores, reían, fumaban o simplemente se dirigían cabizbajos a una furgoneta. por otro lado, detrás de ellos, vio como estaban subiendo a los animales, que tan felices y especiales se veían en veían en la función, enjaulados a un camión que no tenía pinta de ser muy espacioso.

En poco más de unos segundos, comprendió que lo que siempre le había apasionado no era lo que creía. No se trataba de personas admirables demostrando su valía. Era gente que forzaba algo que no son a cambio de una miseria. Nada era lo que parecía.

Al principio le embargó la decepción, pero no duró mucho, enseguida esa decepción se convirtió en lastima. Lastima por comprobar que ninguno de sus ídolos era aquello por lo que la gente les valoraba.

El chico salió de aquel garaje pensando, a parte de en encontrar cuanto antes a sus padres, puesto que estaba empezando a sentirse asustado, en que jamás en su vida interpretaría un papel que le hiciera sentir tan miserable. Ni mucho menos buscaría que nadie le admirara por algo que no es. No quería tener dos caras, no quería formar parte de ese circo.

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