El árbol de la ciencia, de Pío Baroja


Guillermo Martínez -


Resulta poco atrevido definir a El árbol de la ciencia como uno de los mejores libros de Pío Baroja, dada la atmósfera decadente, los pueblos perdidos en el pasado y los personajes tan reflexivos como típicos de la Generación del 98.

Título: El árbol de la ciencia

Autor: Pío Baroja y Nessi (San Sebastián, 1872 - 1956, Madrid.)

Año de publicación: 1911

Editorial: Alianza Editorial

Páginas: 250

Año de la edición: 1990

ISBN: 84-206-1050-X

Adquirido el día: 1.7.2012

Comprado en: La Cuesta Moyano, Madrid

Descriptores: Incertidumbre / Ciencia / Fe / Pesimismo / Reflexión / Amor / Imaginación / Duda


Pío Baroja en el estudio del pintor Echevarría, 1930. Fuente / Instituto del Patrimonio Cultural de España. MECD.

El propio Pío Baroja denomina a El árbol de la ciencia como “probablemente el libro más acabado y completo de todos los míos”. La obra, escrita en 1911 está englobada en la trilogía titulada La Raza, en la que también se encuentran La dama errante (1908) y La ciudad de la niebla (1909). En esta obra, ambientada en torno a 1898, ya que se habla del desastre sufrido en América y la pérdida de las colonias españolas, se distinguen temas que nunca abandonarán a los escritores de la Generación del 98 ni tampoco a los realistas del siglo XIX. Entre estos temas quizá el que más sobresale es el desarraigo que el autor siente hacia su propia patria o la confrontación del mundo rural (Alcolea del Campo) frente a la ciudad cosmopolita abierta al progreso (Madrid).

El escritor no duda en dejar patente su pensamiento de una manera autobiográfica que pocos autores, tanto antes como después, han sabido o podido hacer. Su vida parece difícil de explicar, llena de un pesimismo vital, en la que idas y venidas se convierten en rutina, en la que los conflictos existenciales están presentes en cada reflexión. Baroja, doctor en medicina, refleja en el protagonista, Andrés Hurtado, su propia vocación en la que encuentra un medio de vida, en la que experimenta sensaciones en distintos territorios como Valencia, Madrid o Alcolea del Campo.

Las divagaciones sobre temas filosóficos se concentran en la azotea del tío del propio Andrés, llamado Iturrioz; lo que la convierte en una novela filosófica con ciertos matices de política. Estructurada en siete partes con un total de cincuenta y tres capítulos comprobamos el uso del párrafo breve, un dinamismo escaso en ciertos puntos de la historia pero, además, la utilidad acentuada de vulgarismos o términos coloquiales escritos de forma intencionada. Es un libro que compone los sinsabores de toda una vida, los problemas amorosos, su destacado pesimismo, el atraso de los pueblos interiores, el caciquismo que también se denuncia en la obra…


Así, de esta forma, Baroja consigue hacer una radiografía perfecta de la sociedad en la que vive, y sobre todo, cómo él es capaz de verla aunque no sea capaz de aportar ninguna solución. La soledad constante en el trazo de Andrés hace que éste aspire a vivir con la máxima independencia posible y poder llegar mediante su esfuerzo al equilibrio intelectual, a la ataraxia. Los personajes secundarios están caracterizados de tal manera que siempre tienen algo en común tanto con el autor de la obra como con el protagonista de la misma.

Muchos han sido los estudios, las interpretaciones y las versiones que han salido a la luz después de la publicación de este libro; obra imprescindible para alguien interesado en la vida costumbrista de principios de siglo. Jorge Campos, pseudónimo del escritor Jorge Renales Fernández, publicó estas líneas sobre El árbol de la ciencia en su libro titulado Introducción a Baroja: “Los personajes abúlicos, los pueblos avejentados y tristes –visión sombría de una España en decadencia–, los seres humanos envueltos en una atmósfera agobiante y absurda, las luchas por dominar su propio abatimiento” son centrales en la obra. Azorín también escribió que “en esta novela se halla mejor que en ningún otro libro el espíritu de Baroja”. Además, el profesor Ángel Valbuena Prat defiende que es la novela más típica de la Generación del 98.

En definitiva, una biografía documentada, inspirada y contrastada con las propias vivencias del autor, del personaje principal que nunca abandona su afán de superación, sus meditaciones acerca del sentido de la vida, de la ciencia, del amor… Una historia contada en forma de novela que al final termina desembocando en frustración, en dolor, en miseria y muerte; de la que podemos aprender que lo único constante es el cambio, tal y como afirmaba antiguamente Heráclito.

En la vida, que no tarda en irse, hay que dejar huella, constancia de nuestra presencia a través de la historia. Nuestra propia historia. Y si no, que le pregunten a Andrés.

CITAS

  • —Si todo eso del alma, es una pamplina —le decía Andrés—. Son cosas inventadas por los curas para sacar dinero. (Pág. 46)

  • Se iba inclinando a un anarquismo espiritual, basado en la simpatía y en la piedad, sin solución práctica ninguna. (52-53)

  • Que la vida es una lucha constante, una cacería cruel en que nos vamos devorando los unos a los otros. (94)

  • La imaginación se lanzaba a la carrera a galopar por los campos de la fantasía. (118)

  • El encadenamiento de causas y efectos es la ciencia. (129)

  • Tú habrás leído que en el centro del paraíso había dos árboles, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El árbol de la vida era inmenso, frondoso, y, según algunos santos padres, daba la inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería mezquino y triste. (131-132)

  • Hay que reírse cuando dicen que la ciencia fracasa. Tontería: Lo que fracasa es la mentira; la ciencia marcha adelante, arrollándolo todo. (135)

  • La verdad es que si el pueblo lo comprendiese —pensaba Hurtado—, se mataría por intentar una revolución social, aunque ésta no sea más que una utopía, un sueño. (214)

  • Hemos llegado a querernos de verdad –decía Andrés– porque no teníamos interés en mentir. (240)

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