Beijing: laberinto de hutones


Muralla, templos, budas, plazas... la capital china ofrece un abanico casi inabarcable de posibilidades de vivirla si nuestra estancia es pasajera. Sea como fuere, a lo primero que debemos acostumbrarnos es al bullicio. El pueblo chino es en general muy hospitalario y especialmente curioso y extrovertido con los extranjeros, pero no por ello debemos dejar de tener en cuenta que nos encontramos en una ciudad que supera los 20 millones de habitantes. De esta manera, puede ser habitual que encontremos líneas de metro masificadas, sobre todo en hora punta, y enormes colas para la mayoría de monumentos.


Pekín no puede defraudar a quien se interesa por ella. Sitios míticos como La Ciudad prohibida, el Palacio de verano o el Templo del Cielo, resultan del agrado de cualquier visitante no oriental que busque una experiencia diferente. Pero como todo buen viajante sabe, si nos ceñimos en exclusiva a los lugares que vienen en todas las guías nuestra experiencia puede acabar resultado algo artificiosa y parecida a la de cualquier turista.



La capital china ofrece otras muchas posibilidades. Una de las más recomendables es dejarse llevar por sus calles y perderse en sus inmensos hutones. Un hutong es un conjunto de pequeñas edificaciones antiguas, ideales si queremos una experiencia mucho más autóctona. Debido a la situación política en China, desde el gobierno se fomenta que la población haga vida en las calles, limitando el espacio privado de la casa a lo mínimo indispensable. La calle se convierte de esta manera en un espacio común en el que se puede ver de todo, desde grupos ensayando óperas, artes marciales, barbacoas improvisadas hasta todo tipo de artesanía.


Una de las opciones es dirigirse hacia las Torres del Tambor y la de la Campana, unas increíbles edificaciones que se alzan imponentes en uno de los barrios más históricos de la capital. Cerca se encuentra la calle Nanluoguxiang, una calle de hutong clásica pero reconvertida al turismo y la vida nocturna. Pero si seguimos perdiéndonos por los alrededores, descubriremos la auténtica vida pekinesa; las nuevas generaciones, nacidas ya en un mundo más globalizado y que crean una curiosa fusión de sus tradiciones y la cultura occidental. A esto se añade la cada vez mayor población de extranjeros instalados que hacen su vida en la ciudad.



Restaurantes a muy buen precio, la tradición mezclada sin tapujos con lo nuevo, una población abierta y extrovertida. Pekín a priori puede abrumar por sus dimensiones o sorprender por su enorme desigualdad, puede despistarnos por la dificultad de encontrar a alguien que hable algo más que mandarín, pero si buscamos su verdadero encanto y no una experiencia prefabricada, es recomendable dejarse perder. Al fijarnos en su disposición, por anillos, desde el primero en el centro, que es la Ciudad Prohibida, podemos ir recorriendo los demás a medida que nos vamos alejando. Una ciudad que no se irá de ti jamás, inacabable, y a la que siempre hay que regresar.



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