Tecnoestrés, el nuevo problema de la sociedad


Aunque la tecnología nació para facilitarnos la vida, el uso excesivo que estamos haciendo de ella en estos tiempos de pandemia puede llegar a abrumar a las personas, llegando a tener unas consecuencias negativas para nuestra salud mental. Trabajo online, compras online, educación online, deporte online, reuniones online, citas online… en un mundo tan tecnificado como el nuestro, el riesgo de estar sometido de manera continuada al llamado tecnoestrés aumenta considerablemente.


El tecnoestrés no es más que el estrés asociado a la tecnología, es decir, cuando nos sentimos realmente presionados, en tensión, por no ser capaz de adaptarnos al 100% a esta realidad tecnológica que nos exige la pandemia. No hablamos de personas mayores a las que los hijos o nietos les ayudan con los pedidos online, hablamos de situaciones en las que cualquiera puede ofuscarse en una simple compra online. “No puedo… no se qué pasa… no me deja”, produciendo en nuestra salud mental un pasajero estado de estrés que puede volver a repetirse peligrosamente.


Cómo identificar situaciones propicias al tecnoestrés:


Existen determinadas situaciones en las que suele aparecer el conocido como tecnoestrés, ya sean por sí solas o combinadas entres sí:


1. Pocas habilidades. Cuando no se tiene el conocimiento o las habilidades específicas para desenvolverse en este entorno. No todo el mundo es capaz de adquirir estas capacidades con agilidad. Es innegable que los más jóvenes poseen la habilidad de adaptarse a los nuevos canales con mayor facilidad, pero también se da el caso de personas que se estancan o que no quieren seguir avanzando en lo tecnológico provocando un frenazo en su aprendizaje.

2. Saturación física.

Tras muchas horas mirando a la pantalla, nos damos cuenta que nos duelen los ojos, la cabeza se vuelve pesada, nos cuesta retener datos que se supone que hemos escuchado o los dedos se cansan de teclear. El exceso de estímulos procedentes de la tecnología puede llegarnos sin que nos demos cuenta y acumularse hasta que nuestro sistema se satura y reclama silencio.


3. Infraestructura concreta.

La tecnología exige conexión a internet, dispositivos electrónicos y red eléctrica. La calidad de estas incide directamente sobre las posibilidades de estar más o menos expuesto al tecnoestrés.


4. Fallos.

Ya sea en la red, en la página que estamos consultando, en nuestro dispositivo… Cuando algo falla comienza a generarse en nosotros una enorme frustración que no es otra cosa que el principio del tecnoestrés.


5. Velocidad de procesamiento de información.

Esto puede resultar muy rentable para ahorrar tiempo o producir más, pero a nivel cerebral resulta extenuante cuando todo se hace a través de la tecnología. Además, entrenar a nuestro cerebro para que funcione de este modo llega a entorpecer nuestra capacidad de concentración y aumenta la probabilidad de error, ya que la cara oculta de la multitarea -ejecutar varias tareas a la vez de manera paralela- promueve la dispersión y la superficialidad en el procesamiento de la información.


6. Descuido de las sensaciones analógicas.

Ya antes de la pandemia pero de manera particularmente intensa desde que se inició vivimos una vida electrónica, a través de botones, pantallas luminosas y actividades virtuales. Esto no es malo en sí mismo, ya que tiene enormes ventajas, pero a muchas personas las lleva a descuidar las sensaciones de la vida analógica: observar un paisaje, aunque sea urbano, cocinar por nosotros mismos, el tacto y el olor de los objetos, el sonido del ambiente cuando no lo maquillamos con la música de nuestros auriculares, y por supuesto, las relaciones cara a cara.


No debemos procurar que nuestra vida sea lo más analógica posible, a no ser que queramos quedarnos descolgados del funcionamiento habitual del mundo que nos rodea, particularmente en lo que concierne al trabajo y las relaciones interpersonales. Sin embargo, tanto a nivel preventivo como si la persona ya se está sintiendo “presionada” o abrumada por la tecnología, es imprescindible aprender a hacer un buen uno de la misma para contrarrestar esa saturación y volver a hacer un uso saludable de la tecnología que la vuelva a poner a nuestro servicio.

Consejos de los psicólogos de Ifeel para destecnoestresarnos:


1. Priorizar la monotarea. De esta manera, también refrescarás tu capacidad para procesar los estímulos de manera serial (primero uno y luego otro) y no en paralelo (varios a la vez). Es lo que en el mundo del mindfulness (o atención plena) se conoce como “una cosa cada vez”. Empieza por la pantalla de tu ordenador: nada de tener un millón de ventanas abiertas a la vez para ir saltando de una a otra y picotear de todo sin profundizar en nada. Dedícate a lo que tengas que hacer y deja el resto de distracciones para más tarde.


2. Dosifica la tecnología con un horario. Organiza tu uso de la tecnología a través de un horario para poder dosificarlo de manera asumible. El día tiene muchas horas y no es necesario que las pases todas tecleando y buceando en pantallas a no ser que sea por una buena razón o por una obligación. Si sientes que hay demasiada tecnología en tu vida márcate una hora de “apagón digital” a partir de la cual la reducción en el uso de pantallas tiene que drástica.


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3. Modifica pequeñas rutinas para liberar tecnoestrés. Prueba a no chatear por WhatsApp o mirar el móvil mientras caminas por la calle o vas en transporte público. Define ciertas situaciones en las que puedes prescindir perfectamente de lo tecnológico. Ni te imaginas lo que tus ojos y tu cerebro van a agradecer esas pausas, por no hablar de que es más seguro cruzar la calle mirando por dónde vas. Otro ejemplo es que, a la horas de las comidas y las cenas, en lugar de la televisión en casa podéis tener música de fondo, o la radio. Es tecnología, pero no tiene pantalla y eso aliviará un poco el exceso de estimulación.


4. Recupera el libro de papel. Los sabios dicen que los humanos leemos no solo con los ojos, sino también con las manos. Pero con las manos enteras, no con la punta del dedo deslizándose un momento por la pantalla. Los libros ocupan sitio, pero no desprenden luz, ni hay que cargarlos, y leerlos en formato de papel enriquece la experiencia de la lectura.


5. No hagas absolutamente todas tus compras por internet. A no ser que comprar online sea completamente inevitable, sal de casa, acércate a la tienda, da un paseo, interactúa con un dependiente cara a cara, ojea por ti mismo/a los productos. En una palabra, muévete. En pandemia, con precaución.


6. Evita el teletrabajo fuera de horas. Nada de trabajar fuera del horario de trabajo y menos a través de la tecnología. Plantéate si puedes desinstalar el correo corporativo de tu móvil, para que no te lleguen notificaciones o mensajes del trabajo que tengas la tentación de atender. Dedícate a tu ocio y relax y deja para más tarde todo aquello que pueda esperar.


7. Tiempo libre no tecnológico. Emplea tu tiempo de descanso en hacer actividades que no requieran el uso de un aparato electrónico con el que te conectes a internet. Aunque mirar tus redes y charlar por whatsapp son rutinas que a veces te despejan y distraen después de trabajar o durante tu jornada laboral, en realidad mantienen tu cerebro activado y te siguen saturando sin que te des cuenta. Descansa de aparatos y resérvalos para las actividades realmente importantes que los requieren.


8. No seas voraz con tu comunicación por internet. No hay que contestar o comprobar inmediatamente cualquier notificación que llegue a tus aplicaciones ni todas las llamadas de teléfono son de vida o muerte y tienen que ser atendidas en el momento. Las personas utilizamos la tecnología de manera muy inocente, pero al final podemos resultar muy invasivas unas con otras al emplearla para comunicarnos. Sé prudente a la hora de escribir y llamar y asertiva/o a la hora de atender llamadas y mensajes.


9. Selecciona el uso. A veces tenemos cierta sensación de saturación de dispositivos porque nos pasamos de horas pero otras veces es por los contenidos que consumimos, es decir, por usar la tecnología para intoxicarnos en lugar de para hacernos la vida más fácil y cuidar de nosotros. Por ejemplo, no es lo mismo pasar horas visitando perfiles tóxicos en las redes sociales que utilizar tu tablet o tu móvil para hacer gimnasia online, clases, o terapia psicológica online de manera controlada y acompañada por un profesional para tu crecimiento personal. Es decir, que el tecnoestrés se puede deber a la cantidad de “pantalla” que consumimos, pero también a cómo y para qué la consumimos.


10. Pide ayuda. Si asocias la tecnología a ansiedad, cansancio o presión y no sabes cómo salir de ese bucle entonces hay que recibir ayuda profesional. A veces el problema no es el tecnoestrés, sino la adicción a la tecnología, la tecnoaversión, o simplemente una fatiga tecnológica. En general, percibir un cierto nivel de tecnoestrés es inevitable para una gran parte de la población y más en un momento en el que por obligación o por comodidad todo se realiza de manera online. El estrés en sí mismo es inherente a la vida humana y necesario para adaptarnos. No obstante, como con cualquier otro problema psicológico, es necesario pedir ayuda especializada si por la intensidad, duración y frecuencia de los síntomas percibimos que estamos padeciendo un problema de salud mental y física y no somos capaces por nosotros mismos de hacer las modificaciones necesarias en nuestra rutina.


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